sábado, 29 de junio de 2013

Pablo de Tarso… “Todas las Mentiras conducen a Roma” (Jesús no Existió)

Pablo de Tarso… “Todas las Mentiras conducen a Roma” (Jesús no Existió):
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Ya acercándonos al increíble final de la vida de Pablo, es conveniente si deseamos seguir descubriendo las manipulaciones y engaños que rodean la vida del Apóstol, adentrarnos en los acontecimientos que rodean la llegada a su última parada: Roma.
El libro de los Hechos termina el maravilloso relato del apóstol Pablo con las audiencias ante la multitud judía, el alto consejo judío, procuradores romanos Félix y Festus, el rey judío Agripa y (según la tradición) con el emperador romano Nerón (¡dos veces!). ¿Gran final, o qué? Hechos deja la historia de su héroe con los apóstoles residentes en Roma, los cuales recibieron todo lo que vino de él, y alegremente predicando el reino de Dios y del Señor Jesús.
Y claro, su final es un poco menos feliz; Según la "tradición" (Los romances piadosos garabateados entre los siglos segundo y cuarto tales como Hechos de Pablo, el Apocalipsis de Pablo, el martirio de Pablo y los Hechos de Pablo y Tecla) nos cuenta el sin sentido de su fabulosa decapitación por orden de Nerón, ¡Nada más ni nada menos que en el mismo día que Pedro! Nada en la historia secular confirma el destino de San Pablo; ni nada en la historia secular confirma incluso su existencia.
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¿Viaje a Roma o vuelo de fantasía?
¿Por qué envían a Pablo a Roma? Hechos se nos da la respuesta: ¡Jesús le dijo que tenía que ir allí!
Hechos 23,11
A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.
Lo que este versículo revela es un “vuelco de la trama” planificado desde el principio por el contador de historias que escribió los Hechos. En él se explica la extraña serie de "advertencias" y "audiencias" que llenan capítulos de Hechos del 21 a 27. Desde el momento en que el escritor tiene a su intrépido viajero desembarcando en Tiro al final de su tercer viaje, cuando Roma lo atrae fuertemente y sin embargo la historia se esfuma cuando Pablo finalmente llega. (¿Será que sólo su presencia en la ciudad es suficiente para los efectos del catolicismo romano?)
Sencillamente, todo el hilo es una construcción teológica: el viaje a Roma es falso.
¿Quién hizo este viaje? ¿Pablo? ¿Josefo? ¿Apolonio?
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"Caminando ordenadamente"
Dos veces el Espíritu Santo le "prohíbe" a Pablo que fuera a Jerusalén (Hechos 21,4 y 21,11), pero el apóstol, como egoísta engreído que es, no quiere saber nada de esto. Pablo está "dispuesto a morir" por Jesús. En Jerusalén, Pablo es recibido "con mucho gusto" por los hermanos, a pesar de que han oído que ha abandonado a Moisés (Hechos 21,21). Para probar sus credenciales de “kosher” le obligan a realizar una ceremonia de purificación con cuatro hombres seleccionados en el templo, lo que demuestra a los Judíos que todavía "camina ordenado y guarda la ley" (Hechos 21,24).
Este gesto sale muy mal. La presencia de Pablo en el templo "altera a toda la gente". Por alguna razón, los Judíos hostiles creen que Pablo ha profanado el templo, metiendo a sus compañeros griegos de Trófimo. (¿Griegos en el templo? ¡Repugnante!) Las puertas del templo están cerradas, la ciudad entera está en conmoción (los héroes cristianos aman ser el centro de la atención). En este punto, los centuriones romanos rescatan “in extremis” a Pablo de una paliza (Hechos 21,32), el comandante romano piensa que Pablo puede ser “el agitador el egipcio” (¡un personaje que se encuentra en las obras de Josefo! - La guerra de los judíos. 13).
Curiosamente, los romanos permiten que el apóstol se dirija al pueblo", dando a Pablo la oportunidad de ensayar su rutina de "El policía rabino transformado apóstol en Damasco". Termina diciendo a su audiencia que, de todos modos, Señor le había advertido en un trance que los Judíos no escucharían y que por lo tanto él debe predicar a los gentiles.
Los Judíos (en masa, parece) demandan su ejecución. Los romanos perplejos piensan que es una buena idea flagelar a Pablo, para llegar a la verdad. Pero esto no sucede. En este punto, el apóstol saca un conejo de su sombrero: antes de ser castigado enseña sus credenciales judías; ahora se declara un romano "de nacimiento" (Hechos 22,28).
Los romanos indecisos deciden colocar a Pablo ante el jefe de los sacerdotes judíos y todo el consejo, con el resultado de un golpe en la boca para Pablo; pero se las arregla para causar "grandes desacuerdos" entre los saduceos y los fariseos en el consejo por que afirma ser un fariseo y declarando su creencia en la resurrección. Eso es todo lo que necesita para que los escribas "No encuentren nada malo en este hombre". Aun así, Pablo tiene que ser custodiado y protegido por los romanos, "para que no sea despedazado" por los Judíos indignados.
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Charlando con los Romanos
Al parecer, Pablo no estaba a salvo de la maldad judía, incluso dentro de las murallas de la fortaleza Antonia. En un giro de los acontecimientos (sin duda el más adecuado para la pantomima), una fraternidad de fanáticos judíos y jurando bajo una gran maldición, decidieron no comer hasta que hubiesen logrado matar al apóstol. ¡Pero era tan débil la seguridad que el propio sobrino de Pablo fue capaz de descubrir el plan y avisa a su tío encarcelado!
El comandante de la guardia es informado, sin embargo en vez de consultar con los jefes de los sacerdotes o de la guardia de la fortaleza, que decide tomar una buena parte de la guarnición para acompañar a su problemático invitado a Cesárea y custodiarlo hasta el gobernador provincial Félix. El comandante escribe una carta a Félix (curiosamente, esta carta se encuentra en Hechos 23,26-30) en la que afirma que Pablo no ha hecho "nada digno de muerte ni de prisión" (Hechos 23,29).
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Pablo está en manos de Félix hasta que una cuadrilla de altos sacerdotes llega a presentar su caso a través de los conocimientos de un orador, Tértulo. Los cargos en contra de Pablo son "sedición entre los Judíos de todo el mundo", siendo el cabecilla de una secta llamada los Nazarenos, y de profanar el templo. La respuesta de Pablo es que "no pueden probar nada" (Hechos 24,13) y que él solo pretendía dejar "limosnas y ofrendas". Pablo hábilmente evita aclarar a quien le ofrecía la generosidad ¿al templo o de los ancianos cristianos? ¡No es de extrañar que Félix tuviese esperanzas de un soborno! (Hechos 24,26).
Félix sigue sin decidirse sobre Pablo, pero se lo entrega a su esposa Drusila que ha mostrado interés en los discursos del apóstol. (Uno se pregunta si les contó acerca de los tiempos antiguos, cuando Pablo cegó al mago Atomos; estas historias de seguro sorprenderían a Félix y a su novia). Pablo, a pesar de su "inocencia", comienza un período de dos años de prisión, que termina sólo cuando Félix se sustituido por Festo.
El nuevo procurador retoma de inmediato la célebre causa. ¿Por qué, se pregunta uno?
Es difícil de creer que un radical judío encarcelado fue el tema más apremiante en la nueva agenda del gobernador. La afirmación es, por supuesto, meramente cristiana de auto-engrandecimiento.
En el mundo real, y registrado por Josefo, Festo heredó un país asolado por la crisis y en el que el procurador estaba ejecutando "impostores" diariamente. Cesárea fue una de las zonas más polémicas no a causa de "Pablo", pero si debido a conflictos entre los judíos y las comunidades griegas que habían costado a los Judíos sus derechos civiles en el año 60. En Jerusalén, la gente estaba siendo aterrorizada por los sicarios y bandidos por motivos religiosos.
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¡Quiero hablar con Nerón!
En un evento extraño y poco probable, el apóstol prisionero se niega a hacer frente a los judíos en un juicio en Jerusalén (Hechos 25,9). Pero en cualquier caso, Festus ya ha convocado el Sumo Sacerdote y sus hombres en Cesárea para un nuevo juicio de Pablo.
En este punto, Pablo dice su famoso "apelar al César" (Hechos 25,11). Este resultó ser el famoso emperador Nerón, que en el año 59 ordenó el asesinato de su madre Agripina y su tía Domicia. ¡El apóstol cristiano prefiere la justicia del decadente tirano romano a sus posibilidades con el gobernador de la corte de Jerusalén!
¿Qué es tan ridículo es que Pablo interponga un recurso antes de que su caso incluso sea oído?
¿Y por qué hay necesidad de una transferencia a cualquier lugar? El acusado, la fiscalía y el juez se reúnen en Cesárea; y el juez ha decidido ya: "ningún cargo presentaron de los que yo sospechaba... no tengo cosa cierta que escribir a mi señor... Porque me parece fuera de razón enviar un preso, y no informar de los cargos que haya en su contra " (Hechos 25,18; 26; 27). Festus necesita una segunda opinión y el rey judío Agripa II, y su hermana Berenice están casualmente en la ciudad. Su presencia permite Pablo otra oportunidad para poner en práctica su útil rutina de la conversión en Damasco (que es una actuación estelar, porque Agripa queda "casi convencido” de querer ser cristiano: Hechos 26,28) El rey está de acuerdo en que Pablo no se merece "ni la muerte, ni la prisión"
Paul-and-King-Agrippa ateismo
Viene a continuación el más ridículo abuso del proceso judicial romano; las palabras que se colocan en la boca del rey Agripa al declarar: "Podía este hombre ser puesto en libertad, si no hubiera apelado a César" (Hechos 26,32) Se nos pide creer que porque Pablo ha pronunciado las palabras mágicas "Apelo al César", se pone en marcha un proceso que ni el gobernador de la provincia, ni el rey puede detener… ¡aunque no hay crimen alguno que reportar!
Sin embargo, sólo unos años antes, el procurador Félix había asesinado al sumo sacerdote Jonathan con impunidad y su sucesor Festus no era hombre de carácter delicado, como lo registra Josefo:
"Entonces Festo envió fuerzas, tanto jinetes y hombres de a pie, para caer sobre los que habían sido seducidos por cierto impostor; les prometió la libertad por las miserias que habían cometido, aceptaron y lo siguieron hasta el desierto. En consecuencia, envió fuerzas para destruir a quines lo habían engañado y a los que fueron sus seguidores también"
- Flavio Josefo, Antigüedades, 20.10.
Entonces se hizo un llamamiento a Nerón en ese momento por el alto sumo sacerdote judío Ismael, insistiendo en no derribar un alto muro recientemente construido para proteger el templo de los acechos del palacio de Agripa. Nerón, accediendo a la influencia de su esposa Popea (una simpatizante de judíos y "temerosa de Dios") está de acuerdo, aunque Ismael se mantuvo como rehén en Roma.
¿Tal vez con su compañero de cautiverio de Ismael, "Pablo" han pasado muchas horas felices en las orillas del Tíber, reflexionando sobre los viejos tiempos y discutiendo los puntos más delicados de la ley mosaica?
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Todos los caminos conducen… ¿A Roma?
Y ocurrió, el traslado del apóstol a la ciudad imperial (con naufragio y el milagro de la serpiente) NO es un evento confirmado por las propias cartas de Pablo.
Las llamadas "cartas de la cárcel" (Filipenses, Filemón, Colosenses y Efesios) aunque tradicionalmente atribuidas a Pablo en su cautiverio en Roma; en realidad no dicen nada más allá de las palabras "prisionero de Jesucristo" para respaldar esa afirmación. Sin embargo, el léxico Paulino es abundante con palabras de servidumbre, de sufrimiento y "prisión", todos ellos referidos a su servicio a Cristo, no a un estado literal de las cosas. "Roma" no se menciona en ninguna parte de las cartas de la cárcel. Un gigantesco fraude se basa en la sola referencia a "La casa de César" de Filipenses 4,22, y un curioso uso de "palacio" en Filipenses 1,13:
1,13 de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás.
(La versión Reina Valera 1960 utiliza la palabra “pretorio”, mientras que la King James Versión utiliza “palace”; La versión Griega utiliza: “πραιτωριω”= Pretorio)
Podríamos suponer razonablemente que Pablo, una "víctima de la persecución de Nerón" podría haber escrito algún comentario sobre el gran incendio de Roma lo que provocó la hostilidad oficial; o algún comentario sobre la "caza de brujas de los cristianos" que supuestamente siguió a la catástrofe; o algún comentario sobre el espeluznante tratamiento posterior que fue impuesto a sus hermanos cristianos; o quizá algunas palabras de consuelo para los mártires que seguramente tan recientemente habían estado antes que él.
Pero no, ni una palabra.
Nuestro heroico Pablo está preocupado por sí mismo y su propio destino. Encuentra tiempo para presumir de su ascendencia hebrea (Filipenses 3,5) ¿En un momento como éste? Él en realidad se anticipa a "ver pronto" a los Filipenses (1,27; 2,24), habla del envío de Timoteo ("siervo de Jesucristo") y confirma que "que es necesario" enviar a Epafrodito , que se enfermó por estar al servicio de las necesidades de Pablo.
Filipenses 2,30
porque por la obra de Cristo estuvo próximo a la muerte, exponiendo su vida para suplir lo que faltaba en vuestro servicio por mí.
En los cortos 25 versículos de Filemón, Pablo se presenta como "un prisionero de Jesucristo" (¡NO de César Nerón!) Y describe a Filemón como "colaborador" y a Arquipo como "compañero de milicia". ¿Debemos suponer que el apóstol es también, literalmente, un peón y un soldado?! Sin embargo, por el versículo 9, Filemón se ha convertido en un "prisionero de Cristo" y Pablo le dice a su "compañero de prisión" que libere a Onésimo (el cual era un inútil, pero ya no). Luego Pablo da instrucciones para que se prepare un alojamiento para su propio uso, ¡Una extraordinaria solicitud para un prisionero martirizado!
La epístola de Colosenses es absurda e igualmente asociada como una "carta de la cárcel". Una vez más, el apóstol habla de enviar a uno de sus compinches (esta vez es Tíquico) para conocer de los asuntos en Colosas. Otro de los hermanos, Aristarco, se llama tanto "prisionero" (4,10) y "colaborador" (4,11). La única referencia a la ubicación del escritor es en el versículo 4,9.
Todo lo que acá pasa, os lo harán saber.
Pero ¿dónde es “acá”? Pablo, al parecer, ha tenido conocimiento de una iglesia que no es de su propia fundación. Él está ansioso por imponer su propia teología y atacar los "errores" que abarcan casi todo el contenido de la carta. El versículo 4,1 se refiere a "la práctica correcta" en el ministerio de Cristo ¡y ciertamente no a cómo ocurren las cosas en una prisión romana!
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El final de la "carta de prisión" Efesios, es el menos convincente. Es una verdadera comedia de errores. Pablo, nos lleva a creer por Hechos que pasó al menos tres años con los hermanos en Efeso. Sin embargo, Efesios es la más impersonal de las cartas, carente de cualquier contacto humano o individuo saludo. El escritor tiene el "desprendimiento" que se encuentra en Colosenses: "Habiendo oído de vuestra fe en el señor... no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones "(1,15-16). De hecho, pedazos enteros de Efesios se copian de Colosenses, por lo que los estudiosos tienden a especular que Efesios es un pastiche de cartas anteriores y no es realmente obra de Pablo en absoluto. Pero entonces, ¿hay alguna de las cartas que sea obra de Pablo? Otros estudiosos sugieren que Efesios es una carta enviada de nuevo a los de Laodicea, que tal vez se ha enviado desde Cesárea, o incluso de Éfeso mismo. De todas maneras, Efesios no da apoyo a la idea de que Pablo estuvo alguna vez en Roma.
De hecho, la "Epístola a los Romanos" lleva el juego aun más lejos. Se supone que “A los Romanos” fue escrita en Corinto alrededor del año 60 por un Pablo que estaba anticipando su primera visita a Roma, no por un prisionero en las cadenas. En el capítulo 16, el apóstol saluda por su nombre y ¡el saludo personal de algunas 27 personas en la ciudad que nunca ha visitado! La única persona que podría esperar a dirigirse, es a San Pedro, primer obispo de Roma, y ¡No está entre ellos! Lo que ha cambiado no son los saludos sino la dirección: Romanos tiene más sentido entendiéndose originalmente como una epístola a los Corintios, advirtiendo a los hermanos de "engañar a los codiciosos hombres de mente simple".
¿Ahora quien de ellos podría ser, uno se pregunta?
Raskin observa, la recomendación de Pablo de un asistente (16,1): "Febe nuestra hermana, diaconisa de la iglesia en Cencrea" (un puerto cerca de Corinto) obviamente no tiene ningún sentido a la iglesia de Roma y es perfectamente comprensible a la iglesia en Corinto (Raskin, p468).
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¿Fuentes?
En cuanto a Roma, tenemos una pista sobre el origen del "viaje paulino": nuestro viejo amigo y gran defraudador de los cristianos, Flavio Josefo. Y si necesitamos una plantilla para el “martirio en Roma” a mediados de los años 60, no necesitamos buscar más allá de la conspiración para asesinar a traición a Nero en el año 65 por parte de Cayo Calpurnio Pisón. Los "mártires" de la libertad en esa ocasión incluyó al filósofo Séneca y al poeta Lucano:
"... la línea tras línea de hombres encadenados arrastrados hacia a su destino a las puertas de los jardines de Nerón... Las ejecuciones ahora abundaban en la ciudad"
- Tácito Anales 15
¿Es esta referencia a los condenados en el jardín de la puerta de Nerón la base para la falsa historia que ahora se encuentra en el libro de Tácito 15 de: "Mártires cristianos quemados "?
Cuando Nerón falla su propio suicidio unos años más tarde, su antiguo esclavo completa el trabajo. El nombre de este liberto es el mismo que el del supuesto compañero de Pablo en Filipos: Epafrodito.
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¿Pablo en Roma?... aparte de las ya sabidas incoherencias que nos dice Hechos de los Apóstoles; ni las mismas cartas que supuestamente el apóstol Pablo escribió en prisión desde la misma Roma, pueden confirmar su estancia en la Capital del Imperio Romano.
Es increíble e inconcebible, no solo el ver tantos errores y manipulaciones juntas alrededor de la figura de Pablo… sino también como la gran mayoría de los ingenuos y bien intencionados Cristianos se han tragado todas estas místicas historietas sin reflexionar en lo más mínimo…
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sanpablo_roma ateismo
Fuentes:
- Hermann Detering, The Falsified Paul, Early Christianity in the Twilight
- A. N. Wilson, Paul, The Mind of the Apostle 
- Jefferson White, Evidence and Paul's Journeys
- John Ziesler, Pauline Christianity 
- Flavio Josefo Antigüedades judaicas
- Edward Stourton, In the Footsteps of Saint Paul 
- J. Murphy-O'Connor, Paul, A Critical Life 
- J. Murphy-O'Connor, Paul, His Story 
- Tácito, Anales
- Daniel T. Unterbrink, Judas the Galilean 
- Jay Raskin, The Evolution of Christs and Christianities 

.                  Ver: Pablo; Conclusiones desde el Ateismo
                      Ver Artículos sobre: Pablo de Tarso 
                            Ver: Pablo, El Falso Apóstol 
                       Ver: Jesús no Existió. Introducción.               
                              Ver Sección: Análisis Bíblico.
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miércoles, 26 de junio de 2013

¿Por qué los ateos no creemos en la historia de la redención de Jesús?

¿Por qué los ateos no creemos en la historia de la redención de Jesús?: Por: Ferney Yesyd Rodríguez Vargas

Las celebraciones de la semana santa se han encargado de fijar en la mente de las gentes los eventos de los últimos días de Jesús, según como los narran los evangelios. Según la historia oficial hubo una entrada triunfal en Jerusalén, luego una última cena, la traición de Judas, el juicio ante Pilatos, la crucifixión, y luego el domingo la resurrección.

El cristianismo enseña que el acto de martirio de Jesús era parte del plan de salvación de la humanidad. Solo con el derramamiento de sangre y el sacrificio del hijo de Dios, que es también Dios (¿?), se podría salvar al ser humano.

¿Salvarnos de qué?

Salvarlo de la muerte eterna. En el cristianismo el sacrificio de Jesús es necesario para garantizar el acceso de los humanos a Dios. Por ello es posible que la gente buena al morir vaya al cielo (según la doctrina católica y evangélica), o que pueda ir al cielo después de una resurrección futura que se dará tras la segunda venida de Jesús (según la doctrina adventista y otras).

Asumiendo que hay un cielo tras la muerte ¿cómo lo saben? Toda la doctrina es un cheque en blanco en el que no hay forma de comprobarlo. Algunas personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte han descrito un túnel de luz. Hoy sabemos que esa experiencia se debe a una caída en los niveles de oxígeno en el cerebro, que conllevan a estas experiencias que pueden ser catalogadas como místicas. Y de la muerte nadie ha regresado para decirnos si el dogma es cierto o falso.

Acceder a la salvación incluye adherirse al credo. Lo que llaman “aceptar a Jesús”. Creer que Jesús murió por nuestros pecados. Claro está, que este plan deja muchas cosas de lado ¿y qué ocurre con los chinos y aborígenes australianos que nunca oyeron hablar de Jesús? ¿Por qué un ateo, judío o agnóstico que sea bueno no puede acceder a la salvación simplemente siendo bueno, y no haciendo una declaración de fe de algo de lo que no hay evidencia o que no hizo parte de su tradición cultural?

Claramente parece que el imperativo de aceptar un dogma como requisito para la salvación es un anzuelo que favorece la dispersión del cristianismo. Como contraataque los cristianos dicen que es mejor aceptar a Jesús. ¿Qué pierdes?, dicen, en cambio si el incrédulo se equivoca pierde la vida eterna y se va al infierno. Este argumento, conocido como la apuesta de Pascal, se cae si lo examinamos de cerca. ¿Y qué tal que los cristianos esten errados, el islam sea la religión correcta y se condenen por decir que Jesús es Dios, algo que prohibe expresamente el Corán?


¿Y si nos salvaron cuándo fue que nos perdimos?

El cristianismo formula que fueron los primeros humanos de la narración bíblica, Adán y Eva, quienes al desobedecer a Dios fueron expulsados del paraíso, y condenados a envejecer y morir, y no solo ellos sino toda la extirpe humana.

Dice la Biblia en la epístola a los Romanos: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”
A lo anterior añade el catolicismo que todos los humanos nacemos con una mancha de “pecado original” una especie de culpa hereditaria de la que solo se salvaron Jesús y su madre María.
Pero aquí el dogma choca con la realidad histórica. Nunca hubo Adán y Eva, así que tampoco hubo una serpiente tentando a Eva a comer un fruto prohibido por Dios, ni expulsión de paraíso ni castigo a la mujer haciendo dolorosos sus partos. Adán y Eva son un mito.

El registro fósil nos muestra que la muerte siempre ha existido a la par de la vida, y que la extinción ha sido paralela a la evolución de nuevas especies. Nuestros antepasados australopitecos envejecían y morían. El dolor del parto fue fruto de la evolución de un cerebro más grande junto con la postura bípeda que puso el canal de parto mirando hacia abajo. Los australopitecos no tuvieron partos dolorosos, no tanto por un castigo divino, sino porque sus crías nacían con cerebros más chicos que los nuestros.

Las explicaciones teológicas dejan por fuera un dato inquietante. Dicen los cristianos que tras el pecado original entró la muerte al mundo. Pero, ¿porqué también condenar a muerte a las plantas y animales? ¿Qué mal hicieron ellos? ¿Es esto justo? ¿Dónde queda la misericordia de Dios?. De nuevo la ver el registro fósil sabemos que la muerte de los organismos, la depredación y el aprasitismo surgen en la lucha por la existencia, afinándose por la selección natural. El gorrión que muere en garras de un halcón no es culpa de Eva o de los caprichos castigadores de Yavhé sino de la naturaleza.

Claro esta, que los primeros teólogos cristianos no sabían nada de los orígenes reales de nuestra especie, y creían a pie juntillas la historia de Adán y Eva, con su pecado original. Pero, sin pecado original ¿para qué salvación? O en otras palabras, ¿Jesús se sacrificó en la cruz por el pecado inexistente de una pareja mítica? Si aceptamos los orígenes reales de nuestra especie, como lo hacen muchos católicos, basta preguntar ¿murió Jesús también por los neandertales? ¿Hay neandertales y "sinantropos" en el cielo?


¿Y por qué ese plan de salvación?

También cabe preguntarnos por qué era necesaria la tortura y sacrificio de un inocente por toda la humanidad. Los cristianos sin duda responderán mencionando Hebreos 9 que dice que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. El pasaje de los hebreos recuerda como en el Viejo Testamento el dios Yavhé ordenaba sacrificios de corderos, tórtolas, chivos, toros, etc., para expiar los pecados del pueblo. Pablo, autor de la epístola a los romanos muestra a Jesús siendo sacrificado como un cordero por toda la humanidad.

Pero lo anterior no responde al porque. Salvo que se estipule que esta es la voluntad de Dios. Una voluntad de hecho cuestionable. Primero que todo ¿para que esa masacre de animales por los pecados cometidos por los humanos? ¿Qué culpa tenían los animales? ¿Dónde está el sentido de compasión por los inocentes, en este caso los animales? Segundo, ¿No le bastaba con simplemente decir los perdono y ya? ¿O simplemente darle la salvación a los que se arrepintieran de sus faltas, resarcieran el mal y fueran mejores personas sin tener que hacer una crucifixión sangrienta? Igual si él es el que pone las normas ¿por qué no lo hizo?

Dicen los cristianos que el sacrificio de Jesús es el rescate de Dios a la humanidad. Suena como un intercambio en una escena de secuestro, en la que se envía a alguien para que se libere a un secuestrado. Pero ¿Quién sería el secuestrador? La respuesta cristiana es: el diablo.

Diablo que por cierto Dios mismo no destruyó cuando se rebeló, y que permitió que tentara a Adán y Eva. Si Dios ya lo tiene predestinado para ser destruido –según el Apocalipsis- ¿por qué no lo destruyó antes de que tentase a Adán y a Eva? Toda la humanidad estaría viviendo ahora mismo en el paraíso, y nunca tendría Jesús que venir a ser clavado en una cruz.

La teología cristiana está fundada sobre absurdos que no resisten un análisis lógico.


¿Murió por nuestros pecados?

Pero a la teología cristiana le espera otro golpe con la lógica. Sucede que los eventos más celebrados por los católicos: el nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús son precisamente los que menos evidencias históricas tienen. Si es que alguno lo tiene.

En cuanto a la historia de la navidad, este aspecto ya se analizó en otro artículo de Sindioses.org

Respecto a la muerte por crucifixión y su resurrección resulta sorprendente que ningún historiador contemporáneo independiente narre los hechos finales de Jesús, así como otros más espectaculares asociados a este como que hubo un gran terremoto cuando Jesús murió (Mateo 27:51), que el cielo se oscureció (Mateo 27:45), que el velo de templo judío se rasgo, o que tras la resurrección de Jesús hubo otras resurrecciones.

En los documentos históricos contemporáneos o un poco posteriores a la época de Jesús solo lo mencionan cuatro: Flavio Josefo, Plinio el Joven, Suetonio y Tácito. El primero lo cita en la obra Antigüedades Judaicas, pero el único pasaje que lo menciona es tardío y muy probablemente añadido por cristianos.

En este pasaje supuestamente Josefo dice “Él era Cristo. Y cuando Pilatos oyó que era acusado por nuestros gobernantes, lo condenó a la cruz. Aquellos que lo habían amado desde el principio no perdieron la fe en él, y él apareció ante ellos, redivivo, el tercer día, porque los profetas habían previsto esta y otras mil maravillas sobre él”. Algo difícil de creer que viniese de Josefo porque según narra Orígenes, padre de la Iglesia y conocedor de la obra de las Antiguedades judaicas en el siglo III, Josefo no reconocía a Jesús como Mesías, algo de lo que él se lamentaba.

Así que el parrafito de la obra de Josefo en el que este acepta la resurrección de Jesús fue añadido muchos años después de escrita la obra original. También Clemente de Alejandría, anterior a Orígenes comenta que Josefo no dijo “nada de las cosas maravillosas que hizo el Señor”

De los otros historiadores, Plinio el Joven habló genéricamente de los cristianos. Suetonio no dice nada de los hechos de la vida de Jesús, solo Tácito dice que “Cristo, de quien toman el nombre, fue condenado por Poncio Pilatos, procurador de Judea durante el reinado de Tiberio”. Pero Tácito no consultó sus fuentes. Él se limita a repetir lo que dicen los cristianos. Si Tácito hubiera consultado sus fuentes habría encontrado que Pilatos no fue procurador sino perfecto.

Yéndonos a los evangelios se nota que los primeros de ellos no mencionan nada de la muerte de Jesús, ni de su resurrección. De los cuatro evangelios, los de Mateo, Marcos y Lucas muestran grandes similitudes. Los estudiosos han concluido que Marcos es la fuente de Lucas y Mateo. La fuente de Marcos es llamada la fuente Q (del alemán Quelle = fuente) y estos primeros escritos no llaman a Jesús como Cristo (que significa Mesías), ni hablan de su muerte y resurrección.

Es altamente probable que Jesús, de haber existido, fuera un predicador más de los de su época, quizás predicaba el amor al prójimo en lugar del “ojo por ojo y diente por diente”. Jesús no fundó religión alguna, y si llegó a morir ejecutado poco tenía en mente de ofrecerse en sacrificio por la humanidad. De haber sido esto así, bien le faltó a la Biblia o al Espíritu Santo haber especificado un capítulo claro sobre el plan de salvación para que después no hubiese tantas sectas que difieren en si la salvación es por obras o por la fe, católicos y luteranos ejemplifican ambos casos, o si la recompensa del cielo será tras la muerte o después de un segundo advenimiento, como en el caso de católicos y adventistas respectivamente. También tan valiosas aclaraciones habrían evitado que hubiese ateos que dudan de toda la farragosa teología cristiana.

¿Dónde están los textos de los historiadores romanos hablando del terremoto en ese día de pascua y de la oscuridad que duró desde la hora sexta hasta novena? ¿Pudieron los historiadores haber dejado pasar una oscuridad de tres horas y un terremoto ocurridos el mismo día como si nada? ¿Y después nos preguntan que por qué no creemos?

Según cuenta Earl Doherty, en "¿Acaso no hubo un Jesús histórico?" en sus comienzos el cristianismo se refiere como “Salvador” no al nombre de un individuo humano sino (como el término Logos) a un concepto: una figura divina, espiritual, quien es el mediador de la salvación de Dios. “Cristo”, la traducción griega del “Mesías” hebreo, es también un concepto, significando el Ungido de Dios (aunque enriquecido por mucha connotación adicional). La creencia en alguna forma de Salvador Ungido espiritual—Jesús Cristo—estaba en el aire. Pablo y la hermandad de Jerusalén eran simplemente una corriente de este fenómeno ampliamente diseminado, aunque una importante y finalmente muy influyente. Más tarde, se añadirían a la persona de Jesús hechos milagrosos alrededor de su nacimiento, los milagros y la resurrección, creando un personaje que luego seria llevado a todos los rincones del imperio romano.

Afirmar que una religión puede nacer de hechos falsos no es una exageración. Basta ver como José Smith logró convencer a unos pocos, inicialmente en el siglo XIX, que Jesús había venido a América y que había existido toda una historia de unos pueblos llamados lamanitas y nefitas en América. Hoy los seguidores de esta doctrina, los mormones, son 14 millones en el mundo, de los cuales 1’300.000 viven en México. Una nación en la que nunca José Smith predicó.

Miles de personas son creyentes de la Cienciología, una doctrina creada por un escritor de ciencia ficción, L. Ron Hubbard, quien no obstante ser conocido como escritor de historias irreales logró encontró fieles para su religión que incluye a un emperador intergalactico llamado Xenu. ¿Por qué entonces habría de extrañarnos que entre el siglo I y II se fabricase la doctrina de un mesías que murió por nuestros pecados?

En medio de todo el absurdo de la teología cristiana encontré un versículo que es 100% veraz: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.” 1 Corintios 15: 14

Ahí lo tienen. Lo cierto es que no hay evidencia histórica de la resurrección de Jesús, ni que el sea mesias ni que haya fundado una religión o especificado en detalle un plan de salvación. Los escépticos solemos recordar las palabras de Carl Sagan cuando dijo "A grandes afrimaciones grandes evidencias". Así pues la invitación es examinar críticamente las creencias y exigir pruebas antes de aceptarlas. La creencia ciega solo beneficia a los traficantes de la fe. Por el momento seguiré dudando.

La fe no mueve montañas pero te hará creer que sí

La fe no mueve montañas pero te hará creer que sí:


Cuando nacemos necesitamos creer. No me refiero a creencias en seres sobrenaturales ni locuras mágicas, nuestro cerebro no sabe nada de eso cuando sale del vientre de mamá, hablo de la necesidad de un sistema de confianza que nos impulse a seguir las instrucciones de esas personas que nos reciben en el mundo. Es algo vital para la supervivencia del animal, un fenómeno que ha sido estudiado y observado y que es conocido como impronta. Para mí, es aquí donde comienza la tosca aventura del individuo con la fe.

El fenómeno fue primero documentado en aves. Konrad Lorenz lo popularizó al demostrar que unos gansos criados en incubadoras seguirían como guía al primer objeto en movimiento que reconocieran en esas primeras horas que son definitivas para la impronta. De hecho, existen muchas imágenes del investigador seguido por sus fieles gansos. Pero la impronta no sólo ocurre en aves, es sólo que en ellas el procedimiento es más mecánico y simple. Más aún, otras clases de improntas ocurren en el animal, como la sexual y la genómica, todas implican un tipo de expresión, ya sea conductual o genética, que ocurre en un período de aprendizaje específico o de expresión genética distinta a la básica “mendeliana”. La impronta sexual es, de hecho, muy interesante, con su contraparte el efecto Westermarck; un tema que tocaremos en otra ocasión.


Para muchos, la impronta filial humana inicia en el vientre, cuando el feto comienza a reconocer las voces de sus padres. Una vez el niño nace, la intimidad de alimentarlo y mimarlo, de mirarlo constantemente y atenderlo en esos primeros días, culmina este efecto que enlaza al bebé con sus cuidadores primarios, mamá o papá, un lazo que es cementado por la oxitocina y otros neurotransmisores y hormonas. Es estresante para un bebé que lo separen de la persona con quien ha hecho este lazo, una conducta de ansiedad que también es observada en otros bebés primates. Y es que venimos ‘programados’ para anclarnos en esa confianza y en ella depositamos nuestra seguridad; en ella, de hecho, habita nuestra supervivencia. Por supuesto, el cerebro primate es mucho más complejo que el de las aves. Por encima de esa básica impronta, nuestros bebés inician ciclos de aprendizaje que van más allá de lo encantador. Poseemos, los primates, un asombroso sistema de neuronas espejo que permite imitar y ponernos en los zapatos de los demás, por así decirlo, nos ofrece el uso de la empatía. Aparentemente, gracias a ese sistema de neuronas espejo es posible desarrollar la llamada Teoría de la Mente, esa valiosísima habilidad de adivinar las intenciones del otro.

Bien, permíteme ahora, mi querido lector, dar un salto a otro lugar. Dejemos a los padres y su bebé jugar tranquilos en el jardín y démosle la vuelta a una idea; evolutivamente, ¿qué ventajas ofrece la fe al animal?

Imaginemos un escenario: un australopitecino decide ponerse de rodillas y rezar cuando está a punto de ser atacado por un peligroso animal, el homínino padece de un ataque extremo de fe que impedirá que sus genes se reproduzcan. En otro escenario, un neandertal se pone a esperar que los dioses provean con la comida para su familia en vez de ir a cazar. ¿Cuáles son las probabilidades de que sobrevivan? Si aquellos antepasados hubiesen dejado la invención del fuego y la rueda a la fe en sus dioses, hoy nuestros genomas estarían especializados en comer comida cruda y andar.

En otras palabras, es probable que la fe sea una enjuta , y que la enseñanza temprana, la presión de grupo, la imposición masiva de creencias en el mundo, la función de unas regiones cerebrales importantes y la variación genómica sean responsables de que cuele tanto en la especie y en sus acciones. Lo curioso es que este fenómeno está basado en numerosas y evidentes fantasías. Fantasías que dependerán de la familia donde nazca el individuo, del lugar donde viva su familia y de la época de su nacimiento.

Otra interesante pregunta se desprende precisamente de su carácter innecesario. Si la fe puede ir en detrimento de la supervivencia del individuo, ¿por qué nace?, ¿cómo surge?, ¿qué cosas la hicieron necesaria?

La ignorancia y la cruel indiferencia de la naturaleza parecen ser respuestas populares. Las condiciones en que los seres humanos nos hemos desarrollado no han sido paradisíacas, los homíninos de antaño vivían desprotegidos; no tenían ningún tipo de ayuda para sobrevivir, sus bebés y miembros del grupo morían sin motivo conocido y sin forma alguna de salvarlos, aquellas tribus nómadas tenían poco conocimiento sobre dónde aferrar su futuro. Tampoco poseían las herramientas para explicar lo desconocido. La erupción de un volcán o las auroras boreales era fenómenos tan extraños para esos primeros bípedos como lo es la energía oscura para nosotros. No debe sorprendernos que asociaran todo aquello con asuntos mágicos e inexplicables; gente inteligente aún lo hace. La muerte, dolorosa, finita e impenetrable, también formó parte del desarrollo de la narrativa sobrenatural. Por eso los primeros dioses y diosas dominaban sobre el clima, la fertilidad, las cosechas, la vida; por eso el Sol y la Luna eran deidades, por eso también vemos cómo las creencias comienzan a ser más complejas a medida que el hombre avanzaba adquiriendo conocimientos. La creación de sociedades complejas produjo narrativas menos ingenuas pero más violentas, y sus creadores comenzaron a darse cuenta que mediante el uso de la fe, era posible manipular a millones.

Está claro que la fe no es la única forma de manipulación que hoy posee el ser humano, pero continúa siendo una de las más poderosas y contundentes. Para un hombre de fe, no hay razonamiento que valga si va en contra de lo que su secta cree. La fe logra silenciar la razón. Y eso es fascinante. Tristemente, no he encontrado experimentos neurológicos que incluyan estudios comparativos con ateos, en la única ocasión que vi algo aproximado no se trataba de un experimento sino más bien un intento de Michael Persinger de despertar el concepto de Dios en el cerebro de Richard Dawkins. Les refrescaré un poco la memoria. Ya hemos cubierto aquí el caso del casco de Persinger, una herramienta que utiliza la generación de débiles campos magnéticos para crear cambios temporales en áreas específicas del cerebro y ver qué sienten las personas. Con el casco manipulando el lóbulo temporal, los voluntarios suelen percibir una presencia y muchos alucinan escuchar lo que para ellos es la “voz de dios”. Dawkins no sintió ninguna presencia (puede ver el video en YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=Y_-txbHNyOY), cabe enfatizar que los resultados de Persinger no han sido corroborados aún de forma independiente aunque él afirma que el 80% de las personas que usan el casco aseguran sentir dicha presencia. Por eso me parece relevante realizar más experimentos que incluyan distintos grupos de ateos; desde los que son criados en familias ateas y continúan siendo ateos, hasta los que fueron criados en una religión para luego descartarlas todas.

En un experimento elaborado por el Instituto Nacional de Desórdenes Neurológicos en Maryland, Estados Unidos, los resultados sugieren que no existe un sistema de creencia o de fe en el cerebro sino que el órgano utiliza distintas áreas de la cognición y las emociones para procesar las diferentes emociones e historias que conforman la religión. “Cuando a los participantes creyentes se les pedía que pensaran en las formas en que Dios interviene en el mundo, regiones en el lóbulo frontal lateral, utilizadas para la empatía hacia otros, se activaban; cuando se les preguntaba sobre la ‘ira de Dios’, zonas que utilizamos para juzgar a otros, como las circunvoluciones temporal media y frontal, se activan; de igual modo, cuando los voluntarios contemplaban aspectos de sus creencias como la idea ‘la resurrección ocurrirá’ y otros fenómenos abstractos, la circunvolución inferior temporal se iluminaba, que es la que usamos para comprender significados metafóricos”, explica Jordan Grafman, profesora de neurología y una de las autoras del estudio. Otros estudios han descubierto que problemas eléctricos en los lóbulos temporales producen alucinaciones pertinentes a la fe; más aún, la epilepsia ha sido relacionada con individuos que suelen ‘padecer’ de fe excesiva; de hecho, tanto traumas como distintas drogas despiertan en muchas personas la disposición para creer ciegamente. Para muchos, la narrativa religiosa ofreció también cohesión y seguridad a los grupos, pavimentando así la necesidad de las creencias en las sociedades; a pesar de que muchas fueron impuestas a punta de espada.

Regresemos entonces con nuestro bebé y sus padres. Él aprende de ellos que existe un dios invisible y que se llega a él a través de algo que se llama fe. Durante sus primeros años es introducido a figuras de autoridad, personas que merecen respeto porque tienen comunicación directa con estos dioses y aprende a respetarlos sin pensar por qué; y lo hace muy bien. Sus padres están orgullosos. También es introducido a los rituales religiosos. Las distintas iglesias en el mundo están perfectamente preparadas para proveer con ritos que desencadenan el sentimiento de camaradería, misticismo, esperanza y positivismo que los fieles buscan, así logran que los devotos no se detengan a pensar en los absurdos que pueblan las opiniones de sus dioses. Infrasonidos, tambores, ecos y otros medios son utilizados para suministrar en la persona una intensa experiencia emocional. Muchas tribus usaban y usan drogas alucinógenas para inducir la comunión con los dioses, pero eso ya no se ve bien, las religiones de poder lo ven como algo “primitivo”.

El doctor británico Richard Wiseman, psicólogo de la Universidad de Hertfordshire y experto en investigaciones paranormales, ha realizado varios experimentos sobre los efectos que producen el infrasonido y otros fenómenos, tanto en las iglesias como en las casas ‘embrujadas’ de Inglaterra. Otro experimento controlado y realizado en Londres corroboró los resultados de Wiseman. Una de las investigadoras en el proyecto, la ingeniera y compositora Sarah Angliss, supervisó la construcción de un tubo, como los que utilizan los órganos para producir notas musicales. "Los tubos largos producen notas bajas y algunas mucho más bajas de los 20 Hertz que es la frecuencia que comenzamos a escuchar los seres humanos".

El equipo llevó el tubo a la parte trasera del salón de conciertos e invitaron a 750 personas para que escucharan algunas piezas contemporáneas y en medio de los temas mezclaban el infrasonido. El equipo pidió a la audiencia que escribiera cualquier sentimiento extraño o curioso en cualquier momento del concierto. "Durante la introducción del infrasonido los reportes de experiencias extrañas y sensaciones raras aumentaron en un 22 por ciento. Teníamos personas que decían haber sentido sus muñecas temblar incontrolablemente, otros sintieron un escalofrío recorrerle la columna vertebral, hubo reportes de ansiedad, una terrible pena y un sentimiento extremo de nostalgia", explicó el doctor Richard Lord, científico acústico del Laboratorio Físico Nacional de Inglaterra y otro miembro de la investigación.

"El infrasonido posee un impacto real en las personas; este fenómeno tiene implicaciones en contextos religiosos y explica ciertas sensaciones que hasta ahora parecían derivarse de experiencias paranormales. Pero no todo lo imperceptible por nuestros sentidos procede necesariamente de otro mundo", concluyó Angliss.

La fe es por ello un fenómeno complejo. Es permitida por sistemas cerebrales que usamos primariamente para otras cosas y desencadenada por la familia. La cultura y la época la proveen con matices varios, incluyendo el nivel de agresividad o bienestar que provea la religión al individuo o qué tan presionado se sienta y qué tan susceptible sea a la sugestión para que decida unirse a una secta. Las variaciones genéticas y de experiencias personales hacen posible los grados varios de fanatismo y tolerancia. La presión del grupo también influye en nuestras decisiones; no podemos olvidar que las poderosas religiones son infligidas en los menos conocedores; en muchas ocasiones, estas normas arbitrarias continúan siendo ley; por eso los ateos nos preocupamos por pensar en estos asuntos, estos clubes de fe son industrias productoras de dinero y entre ellos se disputan el capital de los fieles del señor, mientras nos llevan a todos por delante.

Desde Zeus hasta Xenu

Una recua de fantasías

Un señor cuya única posesión era un destartalado motor se encontraba en una protesta del partido comunista muy emocionado con el discurso de su líder. Estuvo aplaudiendo cada una de las decisiones sobre las reparticiones de bienes hasta el momento en que llegaron a su motor y decidían cómo era mejor repartirlo; fue entonces cuando se puso de pie y gritó: ¡esto es un abuso!

Como nunca he sabido contar un chiste, es posible que ni se hayan dado cuenta de que se trataba de un chiste; y aunque el mismo puede ser tomado como una forma capitalista de justificar el derecho a la posesión desmedida mediante un razonamiento relativista, lo he traído a colación para apuntar a eso que llamamos subjetividad; ese mundo interno que separa nuestra experiencia de la de los demás y hace tan difícil que la humanidad arribe a acuerdos que nos beneficien a todos.

Millones de padres en el mundo continúan oprimiendo a mujeres y niños con leyes que sólo favorecen a unos cuantos, sin embargo, son capaces de darles lo mejor a los suyos y sentir una fuerte angustia por alguna injusticia que los toque de cerca. De la misma manera, políticos aprueban leyes que no aplicarían en sus hogares; por lo general, tendemos a manejarnos por el mundo usando más nuestras experiencias y percepciones personales que el conocimiento que tenemos sobre él y eso nos ha traído muchos problemas.

Lo mismo ocurre con la religión y sus fieles. Puedes hablar de las atrocidades o las boberías promovidas por las religiones mientras sean ajenas y lejanas; en otras palabras, es posible criticar las elecciones y estilos de vida de un Testigo de Jehová o un seguidor del fallecido Sai Baba con un católico o evangélico, puedes echar pestes sobre las actitudes inquisitivas de aquellos oscuros siglos del cristianismo con cualquier cristiano; pero una vez comienzas a pisar los mosaicos de su propio y presente altar, la disposición cambia.

De hecho, esa actitud la adoptamos hasta cuando vamos a comprar. De acuerdo con Dengfeng Yan y Jaideep Sengupta, ambos de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, solemos asumir que los atributos de artículos adquiridos por nuestros amigos a muy bajo precio apuntan a un producto de baja calidad. Nos basamos en el precio a la hora de juzgar la compra; a menos que seamos nosotros los compradores. Nuestras evaluaciones sobre la calidad de productos basados en el precio tienden a ser caracterizadas por la distancia, tanto temporal como psicológica.

Esa subjetividad plaga también el mundo de la religión, no sólo porque existen y han existido tantas, sino porque muchos creyentes deben adoptar un sistema relativista y selectivo que les permite justificar el tránsito paralelo de sus vidas, sus conocimientos y sus creencias. Existen y han existido tantos dioses y religiones que no tiene sentido aceptar una como válida, todas tienen los mismos fallos: proclaman proposiciones extraordinarias sin un ápice de evidencia y permiten interpretaciones ad infinitum de sus ‘escritos sagrados’.

El otro día hice una pregunta sobre la Biblia y mi amigo Hernán Toro me respondió: “¿cuál Biblia? Porque no existe "una" biblia. Hay centenares de versiones todas basadas en distintos manuscritos discordantes entre sí, tanto en detalles como en pasajes de forma.  Para los católicos, la Biblia autorizada "oficial" es la traducción de San Jerónimo, la Vulgata Latina. Para los evangélicos, lo más aceptable es King James, en español la Reina Valera. Esa Reina Valera 1906 es como la de San Jerónimo, pero sin "deuterocanónicos". La traducción es torpe y confiada, incluye unicornios y todo. Elementos que las versiones nuevas pulen".

Como bien lo expresara mi amigo biólogo y colega aquí en Sin Dioses, Ferney Yesyd Rodríguez, “afirmar que una religión puede nacer de hechos falsos no es una exageración. Basta ver cómo José Smith logró convencer a unos pocos, inicialmente en el siglo XIX, que Jesús había venido a América y que había existido toda una historia de unos pueblos llamados lamanitas y nefitas en América. Hoy los seguidores de esta doctrina, los mormones, son 14 millones en el mundo, de los cuales más de un millón vive en México. Una nación en la que nunca José Smith predicó.

Miles de personas son creyentes de la Cienciología, una doctrina creada por un escritor de ciencia ficción, L. Ron Hubbard, quien no obstante ser conocido como escritor de historias irreales, logró encontrar fieles para su religión, que incluye a un emperador intergaláctico llamado Xenu”.

Evidentemente, son todas fantasías; si clamas que una lo es, tienes que aceptar que todas las demás también lo son porque las diferencias que encontraremos están en los nombres y los orígenes de sus demonios, monstruos, seres mágicos y deidades; en su antigüedad, en el número de creyentes y en la cantidad de poder que posean sobre los demás y los gobiernos y, finalmente, en la forma en que la fe de cada uno acomode esas ficciones a su creencia personal.

Dios, una enjuta neuronal

Dios, una enjuta neuronal:


De entrada, el joven europeo había proclamado su ateísmo aunque charlaba exuberantemente sobre sus dioses. Con fervor incauto en la mirada, su voz describía una experiencia de esas que llaman transformadoras; tímidamente repetía: “tan sólo de recordarlo tiemblo de la emoción”.

El muchacho adora alienígenas. Está seguro (pues lo “ha visto”) de que vida inteligente de origen extraterrestre nos visita con asidua regularidad y esta visión, curiosamente, no lo perturba; para él son buenas noticias. Lo escucho mientras habla con un grupo de compañeros de primer año en la Universidad de California en San Diego (UCSD) y no consigo notar la diferencia entre él y un devoto; más aún, conozco religiosos con mucho menos entusiasmo del que exhibía tan campantemente aquel lozano escandinavo. Aunque había comentado no seguir ninguna religión ni creer en dioses, al escuchar la emotiva ilustración de su experiencia, tan extraordinaria como subjetiva, me era imposible no enfundarlo en la sección de creyentes. Todos los signos y síntomas estaban allí.


Aparentemente, el deseo de no estar solos en el Universo ha calado con penetrante eficacia en la psiquis humana, adoptando en el proceso una cantidad variada de eufemismos. No obstante, la idea principal se conserva cabalmente: es esencial creer en algo (no importa qué) que nos cuide, nos guíe, siembre esperanza en el futuro y nos proporcione esa ambigua impresión de que no estaremos solos ni cuando estemos muertos. Sobre el planeta observo miles de millones de homo sapiens que actualmente creen en distintas historias basadas en lo sobrenatural, donde la fe sustituye la evidencia material.

Precisamente, en su libro El descenso del hombre, Charles Darwin subraya que “una creencia en todo tipo de agentes espirituales parece ser universal”; y ahora, doscientos años después de su nacimiento, científicos en distintas áreas aún estudian el origen de esta característica humana y las causas de que ese deseo de creer haya permanecido con nuestra especie a través de los milenios.

Porque, aparentemente, no parece ofrecer condiciones efectivas para la supervivencia.

“Una creencia religiosa requiere que tomemos lo que es materialmente falso por verdadero y lo materialmente verdadero por falso”, escribió en el libro En dioses confiamos: el paisaje evolucionario de la religión, Scott Atran, antropólogo del Centro Nacional para la Investigación Científica en París y quien fuera entrevistado recientemente por Robin Marantz Henig para la revista dominical del diario The New York Times. Atran no puede ver la religión como un proceso adaptativo porque no observa sus beneficios a la supervivencia del individuo. “Los creyentes piensan que cuando una persona muere, aún cuando el cuerpo ya se ha descompuesto y desaparecido, este individuo continúa llorando, riendo, sintiendo las cosas como si estuviese todavía vivo. Imagine usted cómo le iría a un animal que confunda lo vivo con lo muerto”. Para él, es altamente improbable que la mutación genética para esa característica sobreviviera.

Atran no está solo en su búsqueda por los procesos evolutivos detrás de la conducta y la cognición humanas. De hecho, una característica primordial de la investigación científica que no me canso de recalcar es esa obligatoria capacidad de reinventarse y redescubrirse que teñiría de verde envidia a la mismísima Madonna.

Siglo y medio desde la publicación de El origen de las especies y la ciencia de la evolución está más robusta que nunca. Nuevos estudios han enriquecido el pensamiento de Darwin, integrándolo al conocimiento en ramas como la genética y la biotecnología. Y otros cerebros brillantes han desarrollado un cuerpo científico sólido basado en la biología evolutiva detrás, no sólo de conductas y pensamientos, sino también de la cultura humana. Stephen Jay Gould, paleontólogo, autor, un poco comediante, gran observador de la naturaleza humana y fallecido a destiempo en el 2002, fue uno de ellos. Junto al genetista Richard Lewontin formularon una teoría que explica la evolución de muchas conductas humanas como resultados secundarios de procesos primarios.

Uno de los problemas que enfrento cuando intento escribir sobre este proceso de desarrollo de la vida sobre la Tierra, es el de evitar sugerir que las herramientas evolutivas y cada transformación en la naturaleza poseen una “razón de ser”, ya que no es así. Los objetivos son sobrevivir y reproducir y el mecanismo principal es valerse de todo a su alrededor para lograrlo. Y es precisamente esa crudeza, ese sin sentido, lo que la hace tan espectacular ante mis ojos.

Propagar los conceptos de la evolución ofrece además el problema de lo establecido; algunas ideas de Darwin, que también han evolucionado con el tiempo, han quedado erróneamente plasmadas en la mente humana (no ayuda que sea la teoría menos aceptada por vincular al hombre a los demás animales y desligarlo de su origen sobrenatural), pensamientos que ya han sido transformados por novedosos descubrimientos en más de un siglo de investigación.

En ese sentido, Gould y Lewontin explicaron que no todas las características animales han nacido de un proceso adaptativo sino que hay algunas que son subproductos de otros desarrollos. Un ejemplo que es probable hayan leído antes es el del color rojo de la sangre. Esta condición no posee ninguna función de valor en la naturaleza, es un remanente del hecho de desarrollar hemoglobina. Gould y Lewontin llamaron a estos subproductos enjutas. Tomaron el término de la arquitectura, donde se utiliza para designar el espacio entre dos arcos y la superficie horizontal sobre ellos. Este espacio accidental ha surgido como el subproducto inevitable del uso de arcos y rectas. De la misma forma, los organismos portan enjutas donde rasgos nacen como un efecto colateral de otro cambio, pero que luego acaban siendo útiles. Por ejemplo, escribe Marantz Henig en el Times, los espacios debajo de las escaleras no poseen ninguna función en sí mismos, sin embargo, si construimos un armario allí, transformamos lo accidental en funcional.

“La selección natural hizo grande al cerebro humano pero la mayoría de nuestros potenciales y propiedades mentales puede que sean enjutas, es decir, consecuencias no adaptativas que surgieron al construir un aparato con una estructura tan compleja”, escribió Gould.

En la actualidad, muchos estudiosos de la evolución piensan que las religiones y las creencias en lo sobrenatural y lo extraordinario son enjutas evolutivas. Subproductos que nacieron de procesos varios más importantes y que han tomado modificadas funciones debido a influencias culturales. Por mucho tiempo pensé que Dios había surgido como una forma de llenar los agujeros y las lagunas que la ciencia aún no había podido explicar, sin embargo, estudios de la neurología y de la evolución de la cognición y la conducta humana han cambiado mi opinión al respecto. Creo que lo de llenar agujeros es sólo el armario erigido, su origen es posible que esté vinculado a procesos mucho más importantes y vitales para la supervivencia.

En el artículo de Marantz Henig, Atran utiliza un buen ejemplo para explicar el fenómeno de atribuirle orígenes adaptativos erróneos a conductas y pensamientos humanos: los senos femeninos.

“El desarrollo de estas glándulas mamarias está vinculado a las hormonas femeninas, por lo tanto, los senos llenos señalan fertilidad y el desarrollo de la preferencia por ellos en el cerebro masculino es una buena estrategia evolutiva de apareamiento. Sin embargo, los senos femeninos son utilizados hoy en un sinnúmero de cosas, para la venta de desodorantes hasta cervezas. Si un marciano antropólogo nos visitara asumiría que los senos realmente evolucionaron para vender productos a la humanidad. Este mismo error lo cometemos con la religión al asumir que evolucionó para crear alianzas, tapar agujeros o hacernos sentir mejor sobre la muerte”.

Al joven escandinavo en Estados Unidos le encantaría hablar con el marciano antropólogo imaginario de Atran, o cualquier otro alienígena, y está seguro de que algún día su deseo se hará realidad. “Mi experiencia es verdadera y sé que esto ocurrirá antes de que muera”, comentó con la mirada rebosante de descomunales entelequias.

Yo desearía reunir a Darwin y a Gould en una mesa y escucharlos conversar. Pero no alojo ilusión alguna al respecto, me he dedicado a construir un funcional librero secular en ciertas enjutas neuronales de mi cerebro con el objetivo de mantener mi confianza lo más cercana a las evidencias como me sea posible.

El clóset debajo de la escalera

La tragedia de la cognición humana

Para los que favorecen una filosofía adaptacionista al origen de la religión, la muerte es una explicación. Primero, porque lo que ocurre después de la muerte se encuentra en el centro de casi todas, sino todas, las creencias; y segundo porque, aparentemente, la religión posee la función de ayudarnos a lidiar con la muerte de los que más amamos y nos brinda la idea de un más allá donde volveremos a ver a todos aquellos que hemos perdido; también ofrece significado a la breve vida que disfrutamos sobre el planeta. Ideas que prometen consuelo ante el vacío emocional que provoca la noción de la no existencia.

Marantz Henig asegura en el artículo que para los que piensan que las religiones son un subproducto, la consolación no es prueba suficiente de que esta característica haya ofrecido una ventaja adaptativa a nuestros ancestros. En el artículo cita a Pascal Boyer, otro autor que se decanta por la teoría de las enjutas. Boyer manifiesta en su libro, La religión explicada, que “la mente humana no produce ilusiones reconfortantes y adecuadas para cada situación de estrés o de miedo. De hecho, cualquier organismo que tienda a crear estas ilusiones no sobreviviría por mucho tiempo”.

No obstante, otro argumento adaptacionista sugiere que aunque la religión no parezca tener ningún valor para la supervivencia ahora, pudo haber beneficiado de alguna forma a nuestros ancestros y que esta ayuda pudo haber fortalecido al individuo a través del grupo. La religión, es bien sabido, promueve la unión, la compasión y la cooperación entre sus miembros, de esta forma, los religiosos consiguen fortalecerse mediante estrategias comunitarias que brindan ventajas para los individuos que pertenezcan a ellas. Es la idea de la selección grupal, donde el conjunto se convierte en el organismo que evoluciona.

Las discusiones sobre el tema no creo acaben pronto, Atran opina lo mismo de la religión. “Con la teoría del Dios de las lagunas (God of the Gaps), parecería que el descubrimiento científico erradicaría la necesidad de la religión cuando todo haya sido explicado, pero no es así. Existe una necesidad fuerte de llenar estos espacios con creencias sobrenaturales y esa necesidad está enlazada a elementos adaptativos que ya han sido explicados por distintas propuestas dentro de la evolución de la cognición”.

De hecho, es hasta perfectamente posible que una persona tenga las mismas ideas que yo sobre la evolución de las creencias y aún así no sea ateo. De alguna forma, nuestros cerebros han convertido ciertos requisitos primarios de creer, en un clóset debajo de la escalera del que muchos no pueden (ni quieren) salir. Atran lo ha denominado, “la tragedia de la cognición humana”.

Parte de la información para esta columna la extraje del artículo en la revista dominical del diario The New York Times de la autoría de Robin Marantz Henig: http://www.nytimes.com/2007/03/04/magazine/04evolution.t.html?_r=1&scp=1&sq=darwin%27s%20god&st=cse

Ateísmo lógico

Ateísmo lógico:

Lo que yo tampoco creo


Para mis alumnos (*)


© Alfonso Fernández Tresguerres

Publicado en El Catoblepas





Decía Tierno Galván que la diferencia entre el ateo y el agnóstico estriba en que el primero no quiere, en realidad, que Dios exista, en tanto que el segundo se limita a «no echar de menos a Dios», conformándose con «vivir en la finitud» y con la vida que le ha sido dada en este mundo. Y yo, que no me considero autorizado a ser portavoz de nadie, y tampoco del ateo, no dudo en sostener que tal afirmación es una solemne majadería. Al menos, en lo que a mí respecta, estaría encantado de que Dios existiera y no vivir en la finitud, porque a mí, como a Unamuno, no me da la gana morirme. El problema es que Dios no existe, y que lo que yo quiera o deje de querer en lo más mínimo le importa a este Universo que continuará su expansión hasta muchísimo tiempo después de yo me haya ido. Y añadiré, además, que no echo de menos a Dios, mas no por ser buen agnóstico, sino porque ¿cómo añorar a quien jamás se ha conocido? Y naturalmente que me conformo con la vida que tengo, inmersa en la finitud, pero, una vez más, no por agnóstico, sino porque no me queda otro remedio: de no conformarme, el resultado sería el mismo. Así que, mira por dónde, siendo ateo, poseo las características que Tierno demanda a un sano y sensato agnosticismo, e incumplo la que, según él, resulta esencial al ateo.

No. Las diferencias entre el ateo y el agnóstico estriban en que el segundo es escéptico en este asunto, y el primero, no. Si el agnóstico se mantiene en un estado de duda teórica (lo que es una redundancia, porque nunca la duda puede ser práctica: en último término, uno está obligado a decantarse por una cosa u otra; y en el caso que nos ocupa, el agnóstico, si en verdad lo es, no es posible que actúe en su diario acontecer más que como ateo, quiero decir que es de imaginar que vivirá como si Dios no existiera); y se mantiene en ese estado de duda a costa, seguramente, como sospecha Hanson, de infringir las normas del razonamiento lógico más elemental, el ateo sostiene, en cambio, que Dios no existe. Así de simple.



El diagnóstico que hace Tierno acerca de la diferencia entre el agnóstico y el ateo parece apoyarse, entre otras cosas, en Sartre, quien habría dicho que aunque Dios existiera, habría que ser ateo. Mas yo creo que el uso que hace de las palabras del filósofo francés es debido o a una mala interpretación o a una auténtica mala fe. Al menos, yo siempre he entendido que lo que en verdad Sartre quiere decir es que aunque Dios existiera, habría que renegar de Él, es decir, habría que ser antidios, oponerse a Él, del mismo modo que se puede ser anti muchas otras cosas y oponerse a ellas. Y el motivo, no es otro, seguramente que el problema del mal, incompatible, sin duda, con un Dios Omnipotente y Bueno que habiendo podido evitarlo, no lo ha hecho. Y de nada sirven los intentos agustinianos al respecto, argumentando, por ejemplo, que del mal obtiene Dios beneficios mayores («Dios escribe recto en renglones torcidos»), o que el mal es, en verdad, nada, no es una entidad o una sustancia, y, por tanto, algo que en modo alguno Dios haya podido crear, puesto que no es nada, sino mera apariencia, vacío, ausencia de bien (argumentos de defendidos antes por los estoicos; el segundo de ellos con un más que evidente anclaje en la participación platónica), o, por último, que el mal depende de la libertad humana; ninguno de tales intentos, repito, resuelven de forma convincente tal problema. Pero, a fin de cuentas, cuando nos metemos en esos vericuetos, tales como que si Dios ha podido evitar el mal y no ha querido hacerlo, entonces no es Bueno, y si ha querido y no ha podido, no es Omnipotente, y, finalmente, que si no ha querido ni ha podido, entonces ni en Bueno ni Omnipotente, no hay más que una solución lógica: sencillamente, Dios no existe.



Por supuesto, no hay experiencia alguna ni evidencia de ningún tipo que demuestre la existencia de Dios, ni tampoco argumento alguno capaz de hacerlo. Ni el de san Anselmo, quien, partiendo de la Idea de Dios como la del ser que reúne todas las perfecciones y dando por supuesto que la existencia en la realidad es una perfección, concluirá afirmando que negar a Dios tal perfección supone incurrir en una contradicción. Argumento que, en efecto, nada prueba, porque es lo cierto que ni la existencia es una perfección (algo que perfeccione una esencia) ni aun admitiendo que lo fuese, existe contradicción alguna en afirmar que el Ser Perfectísimo únicamente existe como Idea, puesto que si se le niega la existencia no se está negando un solo atributo, sino todos, es decir, se está afirmando, sencillamente, que no existe un ser que posea las perfecciones que se atribuyen a Dios, o lo que es lo mismo, que Dios sólo existe como Idea. Ni tampoco las conocidas vías tomistas, en las que, establecido que el Universo en su conjunto es contingente, se sostiene que su existencia únicamente puede explicarse mediante la de un Ser Necesario, que, gratuitamente, se identifica con Dios (mas no un Dios cualquiera, claro, sino, justamente, el Dios del cristianismo), como si repugnara más a la razón la existencia de una materia eterna que la de un Ser personal igualmente eterno, siendo así que más bien sucede al contrario, no pudiendo hacerse la identificación que el Doctor Angélico sugiere más que apelando a la fe (Más aún: recientemente, Stephen Hawking ha argumentado que el Universo ha podido muy bien generarse a partir de la nada). O estableciendo, igualmente (siguiendo la causa eficiente de Aristóteles), que todas las cosas de este mundo, y el mundo en su conjunto, forzosamente han de tener una causa, hasta llegar a defender una excepción: la existencia de una Causa Incausada, que de nuevo, sin razón alguna, se identifica con Dios, que se convierte así en causa sui, lo que Santo Tomás considera absurdo referido a cualquier otra cosa, ya que por fuerza, si es causa sui, necesariamente ha de ser anterior a sí misma, mas no en el caso de Dios.





Immanuel Kant (1724-1804)


Lo cierto es que derruidas por Kant las pretensiones de la Ontoteología, muy pocos son los que han vuelto a defender argumentos, supuestamente demostrativos, de este tipo, y los que desde entonces maneja el teísmo discurren por otros cauces; alguno de los cuales es abierto, precisamente, por el propio Kant. Me refiero a aquello de que es necesario postular la existencia de Dios como una exigencia del mundo moral (lo que, dicho sea entre paréntesis, resulta incongruente, me parece a mí, con su propia doctrina de la moralidad), o afirmando, como harán otros, que si Dios no existe, la vida no tiene el menor sentido, &c. Argumentaciones, a lo que yo entiendo, de una extremada debilidad, puesto que para actuar moralmente me basta y me sobra con el dictado de mi racionalidad, y el que la vida tenga o no tenga sentido es cuestión tan confusa como metafísica, porque a saber qué es eso del sentido de la vida, y porque, en cualquier caso, cada cual puede hallarlo en las ocupaciones más variopintas.



De manera que si no existe la menor evidencia de la existencia de Dios, al no existir experiencia alguna que la constate ni argumento de ninguna clase que lo demuestre, lo más lógico es concluir que Dios no existe. Creo que en esto Hanson tiene razón. E incluso puedo estar de acuerdo con él en que el que no existan razones sólidas para pensar que una afirmación es verdadera, es en sí misma una buena razón para pensar que es falsa, y, por tanto, una vez examinadas todas las pruebas que se han propuesto para demostrar la existencia de Dios poniendo de relieve que ninguna de ellas es convincente, eso mismo es prueba suficiente de que Dios no existe. Pero creo que se puede ir algo más allá.



Norwood Russell Hanson (1924-1967)


Según Hanson (son sobradamente conocidos sus escritos El dilema del agnóstico y Lo que yo no creo) la proposición «Dios existe» no es analítica, sino sintética y de hecho, y, en consecuencia, no puede ser probada por la mera reflexión ni tampoco ser lógicamente demostrada. Pero eso significa que tampoco puede ser demostrado lo contrario, a saber: que Dios no existe. De tal manera, que la no existencia de Dios sólo cabe ser deducida de la imposibilidad del creyente para probar su existencia (tiene que demostrar quien afirma, y del hecho de que no pueda hacerlo se puede concluir que lo que afirma es falso). Tal es, si yo he entendido bien, la esencia de la recusación que hace Hanson del teísmo.



Mas, ¿por qué asegura que no se puede demostrar que Dios no existe? Veamos.



Una proposición del tipo Todo A es B puede ser falsada (bastaría con encontrar un A que no lo fuese), pero nunca plenamente verificada. En cambio, otra del tipo Algún A es B podría ser verificada (bastaría hallar un A que lo fuese), pero no puede ser falsada. Pues bien, la proposición «Existe Dios» posee el formato lógico de Algún A es B. Y es precisamente el hecho de que el creyente no haya logrado probar que es verdadera lo que permite concluir que es falsa. Mas nunca podrá el ateo, por sí mismo, demostrar que lo sea. Por eso resulta falaz, en opinión de Hanson, que tras mostrar el ateo la ausencia de prueba de que Dios exista, se le pida, a su vez, una prueba de que no existe, ya que tal prueba es imposible, como lo es probar que sea falsa la proposición Algún A es B. Y una prueba de ese tipo es, justamente, la que piden al ateo tanto el teísta como el agnóstico, sin advertir (y en ocasiones sin advertirlo, para su desconcierto, el ateo mismo) que la prueba de que Dios no existe es que no hay prueba ni evidencia alguna de que exista. Si la evidencia es prueba de que existe, la no evidencia lo es de que no existe.



Y en concreto, el agnóstico es, en opinión de Hanson, absolutamente incongruente. Enfrentado al teísta, trata la proposición «Dios existe» como una cuestión de hecho, pero no probada, y por eso rehúsa adherirse a ella. Mas enfrentado al ateo, la aborda como una cuestión lógica del tipo Algún A es B, y, en consecuencia, le pide una prueba lógica de que Dios no existe; prueba que no puede darse, del mismo modo que no puede falsarse la proposición Algún A es B. Ahora bien, en estricta racionalidad habría que exigirle que jugara a lo mismo en los dos casos: si se decide por ser un coleccionista de hechos (como dice Hanson), entonces tiene que admitir que hay razones para negar la existencia de Dios (a saber: que no hay evidencia alguna de que exista); y si opta por actuar como un lógico, deberá admitir que si nunca se podrá establecer definitivamente que Dios no exista, entonces tampoco se podrá establecer definitivamente que exista. En ambos casos, si es coherente y usa su razón, se verá abocado al ateísmo, puesto que ni el ámbito de los hechos ni en el de la lógica existen sólidos fundamentos para sostener que Dios existe.



No es mi intención en erigirme aquí en defensor del agnóstico (más bien al contrario), pero me parece que si es incongruente tratando la proposición «Dios existe» de forma distinta, según se enfrente al teísta o al ateo, no acabo de entender por qué lo sería si decidiendo actuar como lógico en los dos casos concluyera que no se puede demostrar definitivamente ni la existencia ni la no existencia de Dios. Como quiera que sea, a mí me parece que la incongruencia del agnóstico estriba en no pedir a ambos (teísta y ateo) pruebas de los dos tipos, es decir, en el ámbito de los hechos y en el de la lógica. Así las cosas, es obvio que en el primero de ellos el teísta no dispone de prueba alguna que confirme la existencia de Dios, mas tampoco el ateo de que no exista. Si estamos tratando con un conjunto finito de elementos es posible falsar la proposición Algún A es B (simplemente mirando: por ejemplo demostrar que es falso que alguno de mis alumnos sea de Aragón), de igual modo que se podría verificar que Todo A es B (que todos mis alumnos tienen dos orejas). Pero es claro que si tratamos con un conjunto potencialmente infinito, ni cabe verificar Todo A es B ni falsar Algún A es B. Así, yo nunca podría falsar la afirmación de que hay un ser que es Dios, de la misma manera que no podría falsar que en mi casa vive una familia de duendes invisibles. La batalla contra el teísta no se puede librar en el terreno de los hechos. Ni el primero tiene prueba empírica alguna de la existencia de Dios ni el ateo podría probar que no existe un ser que es Dios, máxime cuando se trata de un ente que comienza por ser declarado invisible. Aun así, estoy de acuerdo con Hanson en que la ausencia de prueba empírica es prueba suficiente de su no existencia (de igual modo que del hecho de que no haya prueba alguna de que en mi casa habite una familia de duendes es prueba suficiente de que nos hay tales duendes). Pero creo que el ateo puede ir un poco más lejos. Porque pasando el terreno de la lógica (que es donde verdaderamente ha de librarse tal batalla), no es menos evidente que el teísta no puede demostrar que Dios exista, pero sostengo, en cambio, que el ateo puede demostrar que no existe. Es decir, sostengo que sí es posible falsar una proposición del tipo Algún A es B; falsarla no en el terreno de los hechos, pero sí en el de la lógica. Tratada como una cuestión que sólo pudiera resultar falsada o verificada en la experiencia, es claro que el ateo nunca podrá demostrar que no existe Dios, del mismo modo que no cabe falsar la proposición Algún A es B, y sólo le queda el recurso de argüir que la no existencia de Dios se deduce de la imposibilidad del teísta para confirmarla. Tratada como una cuestión lógica, así como es obvio que el teísta no puede demostrar la existencia de Dios, creo que el ateo sí puede demostrar su no existencia. Es lo que en alguna ocasión he denominado ateísmo lógico.



La clave de tal ateísmo estriba en mostrar que la Idea de Dios es lógicamente contradictoria y configura la imagen de un ser imposible.



Hablando en términos de Hanson: lo que sostengo (lo señalaba antes) es que sí es posible falsar la proposición Algún A es B (en el caso que nos ocupa: hay un ser que es Dios) siempre que la esencia misma designada por B sea imposible o lógicamente contradictoria. Dicho de otro modo, ahora con Aristóteles, lo que dice Hanson es que una proposición universal afirmativa (A) puede ser falsada, más no definitivamente verificada, en tanto que una proposición particular afirmativa (I) puede ser verificada, pero no falsada. Ahora bien, ¿cómo falsamos una proposición universal afirmativa del tipo Todo A es B? Evidentemente, encontrando un A que no lo sea, es decir, probando la verdad de su contradictoria, esto es, la particular negativa (O): Algún A no es B. Paralelamente, entiendo que podemos falsar una proposición particular afirmativa, Algún A es B, probando la verdad de su contradictoria, es decir, la universal negativa (E), esto es, probando que Ningún A es B. Probando, por tanto, que ningún ser puede existir que posea la esencia denotada por B, o llevado el asunto a la cuestión de la que tratamos, que ningún ser puede existir que posea la esencia designada por la Idea Dios, por ser imposible y lógicamente contradictoria. Demostrado que Ningún A es (ni puede ser) B, queda igualmente probado que es falso que algún A lo sea, esto es, queda probada la falsedad de la proposición «Existe Dios», o lo que es lo mismo, queda probada la proposición «No existe Dios». ¿Y eso es posible? Yo creo que sí.



La esencia de la que hablamos, la denotada por la Idea Dios, es la de un ser que reúne todas las perfecciones, la de un Ser Perfectísimo. Pero tal Idea es lógicamente contradictoria, y tal contradicción se advierte en el momento en que se comparan los atributos inherentes a tal Idea, es decir, las perfecciones que se le atribuyen, tratando de mantenerlas todas a ellas a un tiempo. Pero si bien la contradicción puede percibirse en la comparación de diversos atributos entre sí, resulta, desde luego, clamorosamente evidente (y con sólo este argumento me basta) cuando se compara cada uno de ellos separadamente o en conjunto, es decir, la Idea misma de perfección, con otro de los atributos divinos: la Omnipotencia. Este atributo no sólo se considera, de hecho, parte de la esencia divina, sino que por fuerza ha de ser considerado, si en verdad entendemos la Idea de Dios como la Idea del Ser Perfectísimo. Pero ocurre que un Ser Perfectísimo no puede ser, a la vez, Omnipotente, y si no lo es, no es Perfectísimo.



Sucede que la perfección que entraña cada uno de los atributos individualmente considerados (y la Perfección en conjunto) exige que permanezcan esencialmente invariables, es decir, que ninguno de ellos pueda experimentar aumento ni disminución de aquello a lo que se refiere. Y otro tanto puede decirse si en lugar de considerarlos de manera individual, nos referimos a ellos en conjunto, es decir, a la Perfección misma: es absurdo pensar que tal Perfección pueda crecer o mermar, porque entonces no sería Perfección, si es que puede hacerse aún más perfecta, ni lo sería tampoco si fuese susceptible de hacerse menos perfecta. Ahora bien, cualquiera de tales alternativas entraría en flagrante contradicción con la Omnipotencia y obligaría a negarla. Si Dios no puede ser más ni menos Justo, Omnisciente, Misericordioso… si no puede, en suma, ser más Perfecto ni tampoco menos, entonces no es Omnipotente. Y si puede serlo, entonces no es Perfecto. La contradicción, pues, nace de la Idea misma del Ser Perfectísimo, al que necesariamente es preciso atribuirle la Omnipotencia, que acaba por comprometer la Idea misma de Perfección, ya que ésta no puede aumentar ni disminuir en un Ser Perfecto, pero si no puede hacerlo, entonces, también necesariamente, es obligado negar en él la Omnipotencia.. La Perfección exige la plenitud y excluye el cambio, pero tales exigencias niegan la Omnipotencia.



Aun podemos insistir en ello, nuevamente con Aristóteles: un Ser Perfecto ha de ser Acto Puro, sin potencialidad alguna, pero la ausencia de tal potencialidad supone excluir de su esencia la Omnipotencia.



Es más: con que hubiera únicamente algo que Dios se viera incapacitado de hacer, eso sería suficiente para negar su Omnipotencia. Así que aún en el supuesto de que fuera verdad aquello que decía Agatón (citado, precisamente, por Aristóteles):



De sólo esto se ve privado hasta Dios:

de poder hacer que no se haya producido lo que ya está hecho,



eso bastaría para probar la imposibilidad de la Omnipotencia.



La Idea de Dios es, así, lógicamente contradictoria y denota la Idea de un ser imposible. Es falso, pues, que existe Algún A que es B, un ser que es Dios, puesto que es verdad que Ningún A es B, ningún ser es Dios, dada la imposibilidad de la esencia designada por B, es decir por la Idea de Dios. En consecuencia, la proposición «Dios existe» es falsa y la que sostiene que «Dios no existe» es necesariamente verdadera.



Decía Leibniz [Monadología, § 45] que si Dios es posible, existe. Pues bien, si Dios no es posible, no existe. Y no es posible. Luego no existe. Tal es, en esencia, lo que sostiene el ateísmo lógico.



Sin duda, el ateo dispone de otros importantes argumentos, además de éste. Yo no reniego de modo pleno (lo repetiré una vez más) del argumento de abogado de Hanson, a saber: que, en último término, tiene que demostrar quien afirma, y de la imposibilidad de hacerlo, cabe concluir que lo que sostiene es falso, máxime después de que el ateo haya puesto de relieve lo no concluyente de los argumentos o pruebas esgrimidos por el teísta. Ni, por supuesto, del que sostiene la incompatibilidad del mal con la existencia de un ser Bueno y Todopoderoso; problema al que hacíamos alusión al comienzo de estas notas, y del que decíamos que ninguno de los ensayos que se han hecho para hacer compatible la Bondad y el Poder de Dios con la existencia del mal convencen en modo alguno. Más me inclino yo a estar de acuerdo con Mark Twain, cuando afirma que



«El nuestro es con mucho el peor Dios que la genialidad del hombre ha hecho brotar de su imaginación demente» [Reflexiones sobre la religión, Tercero].



No es posible una justificación de Dios, esto es, una teodicea, al menos de carácter racional, por mucho que Leibniz, que es quien acuña el término, se haya empeñado en probar lo contrario. Al igual que en el caso de la Ontoteología, es Kant quien ha mostrado el fracaso inevitable de tal empresa: no es posible, sostiene, una teodicea doctrinal o especulativa, sino, a lo sumo, una auténtica o práctica, que, renunciando a las pretensiones de alzarse como conocimiento, se base exclusivamente en la fe. Así lo afirma expresamente:



«la teodicea no es tanto un asunto de ciencia, cuanto, mucho más, de fe» [Sobre el fracaso de todo ensayo filosófico en la teodicea. Observación final].



Ni renuncio tampoco de la fuerza que para la posición del ateo supone el propio relato bíblico: Dios nos crea débiles, sabedor de que vamos a pecar, y para ayudarnos a ello, nos coloca delante tentaciones a cada paso (por ejemplo, nos hace sexualmente activos todo el año, y, al mismo tiempo, el hacer uso de tal capacidad se convierte en uno de los pecados más horrendos, o eso dicen sus intérpretes y vicarios en la Tierra), y luego nos castiga, incluso por toda la eternidad, con un Infierno que dicen ser algo espantoso. Y esto un ser de Bondad y Misericordia infinitas Como de nuevo señala Mark Twain en la obra mencionada (cuya publicación no quiso él hacer en vida y que únicamente 54 años después de su redacción fue autorizada por su hija, en 1960):



«Dios, hábilmente, formó al hombre de tal manera que no pudiese evitar obedecer las leyes de sus impulsos, sus apetitos y sus diversas cualidades desagradables e indeseables. Dios lo ha hecho así a fin de que todas sus salidas y entradas estén obstruidas por trampas que posiblemente no pueda eludir y que le obliguen a cometer lo que se llama pecados –y entonces Dios lo castiga por hacer estas mismas cosas que desde el comienzo de los tiempos Él siempre se había propuesto que hiciera» [Reflexiones, QUINTO].



Absurdo, sin duda. Pero luego resulta que luego se hace hombre, ya que envía a su hijo Jesús, que no es otro que Él mismo, para que nos redima del pecado y del mal. Pero resulta que Cristo muere en la cruz sin que nadie, ni siquiera sus más allegados discípulos, sepan muy bien quién era ni a qué vino, hasta que san Pablo ve la luz y hace, al parecer, la interpretación correcta de la figura de Cristo y su misión… Y entretanto, el Diablo, que también fue credo por Dios, sabedor perfectamente de lo que iba a hacer, continúa haciendo de las suyas, sin que el Señor Todopoderoso se decida a pararle los pies de una vez por todas… En fin, absurdos todos ellos de los que en algunas otras ocasiones ya me he ocupado.



Digamos, finalmente, que el hecho de que a duras penas se hallará cultura alguna en la que no se dé algún tipo de creencia religiosa, es argumento que, en ocasiones, el creyente utiliza para probar que «algo habrá», cuando es lo cierto que la posición que verdaderamente tales circunstancias viene a reforzar es, precisamente, la del ateo: el Dios del monoteísmo es una creación tan humana (nacida, seguramente, de la propia filosofía) como puedan serlo los dioses egipcios o los aztecas.



Aun así, el creyente es muy libre de creer lo que estime oportuno. Yo ya lo sabía sin que hiciera falta que me lo dijera Mark Twain:



«No hay algo tan grotesco y tan increíble que el hombre corriente no pueda creer» [Reflexiones, Tercero].



Y de creerlo, justamente, porque, acaso de tan absurdo como resulta, quizá sea verdad. O de apelar a la autoridad de Tomás de Aquino y argumentar que no existen tales absurdos ni contradicciones, sino únicamente un entendimiento limitado como el nuestro que no es capaz de entender. Y a mí, particularmente, su creencia me trae enteramente sin cuidado y me resulta del todo respetable, siempre que, a mí vez, pueda esperar de él un respeto similar. Pero, en lo que a mí respecta, incluso dejando otros argumentos a un lado, el ateísmo lógico que he tratado de exponer, me sobra y me basta para convencerme de la falsedad de aquello en lo que yo tampoco creo.
Un espacio para dudar. Ateos, agnósticos, escépticos. Reflexión, ensayo, debate. Arte y literatura. Humanismo secular.

Ateísmo: causas y consecuencias (versión 1940)

Ateísmo: causas y consecuencias (versión 1940):


Los años 40 del régimen franquista fueron los más duros en cuanto a represión e imposición de su ideología, fueron los “años del miedo” tal y como los definió Juan Eslava Galán en su estupenda obra. La década empezó con un apoyo manifiesto a la Alemania nazi, para darle más tarde la espalda a ésta cuando quedó claro que los aliados iban a ganar la guerra. Lo que no cambió fue el estado nacionalcatólico definido por una imposición del fascismo y del catolicismo como banderas del estado.
Criticar tanto al sistema político español como al catolicismo implicaba, como mínimo, acabar en la cárcel. Cárceles donde se imponía un sistema de “reeducación” en valores amparado por la iglesia. De igual forma la única enseñanza posible era la educación católica donde se dejaba bien claro lo que se pensaba de aquellos que no comulgaban con su credo. Los libros de religión de la época no dan lugar a engaños. Así en la obra “Apologética elemental” (1947) de la editorial Edelvives, que se empleaba como libro de educación religiosa, se daban las siguiente causas para que una persona “cayera” en el ateísmo:
La ignorancia religiosa: falta de estudios en materia religiosa.
En general, en la España de esa época se podía hablar de ignorancia a secas, ya que hasta la llegada de la II República no se hizo un serio esfuerzo por alfabetizar el país. Pero hasta pocos años antes, las únicas instituciones autorizadas para educar eran las religiosas, de ahí el altísimo número de seminarios y seminaristas existentes, por lo que esa afirmación echa piedras sobre su propio tejado.

Posteriormente hacen suyas unas palabras de Voltaire para indicar el camino que le espera a un ateo:
El ateísmo es el vicio de los tontos; es una doctrina que ha sido inventada en las últimas sucursales del infierno. El ateísmo especulativo es la necia de las locuras; y el práctico, el mayor de los crímenes
Obvian decir, como no, que Voltaire no opinaba esto, sino que, según Voltaire, eso sería lo que opinaría todo aquel que viese al ateo como una amenaza, en concreto pone este comentario en boca de un príncipe. Voltaire se caracterizó el respeto hacia las ideas de aquellos que piensan diferente de uno mismo, algo poco extendido, desgraciadamente.
La entrega a pasiones como el sensualismo, el orgullo. Curiosamente esta razón es la misma que la que manejan los fundamentalistas evangélicos sois ateos para poder pecar. Aquí hacen suyas las palabras de La Bruyeres para demostrar la depravación del ateísmo:
Quisiera ver a un hombre sobrio, moderado, casto, justo, negando la existencia de Dios: es tal, por lo menos, hablaría sin interés; pero un individuo así no se encuentra
.
Una vez “analizadas” las causas del ateísmo, se sumerge en sus consecuencias, advirtiendo lo que les puede pasar si a pesar de todo persisten en la no enmienda:
Destruye la moral. Esta idea sigue vigente, la idea de que la moral sólo puede emanar de una creencia religiosa, que sin ella no se puede construir un sistema de valores, como si los sistemas de valores de las religiones no hubiesen sido creadas por seres humanos… Pero la clave la tenemos en la explicación de este punto:
la ley, la autoridad humana y aún la misma ciencia no son suficientes, por sí solas, para decidir al hombre a que practique la moral; se precisa de una sanción, y no una cualquiera, sino eterna.
Ah, es eso, sin la amenaza de la llama eterna el humano no es moral. Sólo mediante la educación basada en un castigo eterno se llega a ser un individuo moral…. ¡qué poca imaginación a la hora de inculcar valores!
Imposibilita la existencia de la sociedad: Si Dios no existe, ¿para qué obedecer a las leyes, respetar a los demás, practicar la justicia, la caridad y las virtudes sociales?.
Esto viene de toda una declaración de principios: “Si no hubiese una sanción eterna, ¿para qué practicar el bien?”. Aquí se nos muestra el pánico que sienten a alguien que afirme que el castigo eterno no es más que un mito, un mecanismo de control. Dado que ellos sólo pueden concebir la moralidad en base a su creencia, si ésta flojea se les cae todo su castillo de naipes. De ahí que para salvaguardar el castigo eterno primero lo aseguren mediante castigos terrenales a los disidentes.
Quita todo consuelo en las penalidades de esta vida. Según este punto una persona que no cree no puede obtener jamás consuelo. De hecho:
ante los mayores sufrimientos no bastan las amorosas palabras de los amigos o las vanas promesas de los filósofos; se precisa el consuelo de un Dios que preocupa por los que sufren, trabajan y esperan a Él
Si sólo el dios católico da consuelo, 3/4 partes de la humanidad son incapaces de obtenerlo, a menos claro que hayan encontrado otro mecanismo de obtenerlo, pero ¡un momento! que esto no trascienda.


Tras este divertido análisis sobre las causas y las consecuencias del ateísmo añade: “parece que el número de ateos debería ser muy crecido y, sin embargo, fuera de alguno que otro oscuro autor de la antigüedad, su historia es muy breve”. Cachondo decir esto en un estado de sitio religioso-militar continuo (basta ver la historia de Occidente), ¡lo admirable es que haya llegado la obra de alguno de ellos hasta nosotros!
El capítulo dedicado al ateísmo se cierra con una clasificación de sus tipos. No quiero cansar con tanta demencia, pero sí presentaros uno que me ha llamado la atención: el transformismo. No tiene nada que ver con los transexuales, sino que lo definen como
es el error de los que pretender explicar con exclusión de Dios, el origen y variedades actuales de los seres vivos por medio de mutaciones de unas especies a otras.
Ramalazo creacionista en toda regla, ramalazo que a veces se escapa también a los jerarcas del catolicismo en cuanto hay un micrófono encendido de incógnito cerca de ellos.
Esta fue la enseñanza religiosa del momento, intolerancia desde el poder, sometimiento o castigo. Y esta forma de pensar era toda una ideología donde la españolidad y el catolicismo debían de conquistar el mundo. Baste leer cómo se presentaba esa idea en los libros de Formación del Espíritu Nacional:
- A España le ha cabido el honor y la enorme responsabilidad de haber sido designada por Dios para cumplir uno de los destinos en la Historia de la Humanidad
- Por su sentido de Catolicidad, de Universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitan a una empresa universal de salvación (José Antonio Primo de Rivera: Puntos iniciales de la Falange).
- Nuestro destino misionero y nuestra vocación son ecuménicos, universales y lo mismo se cumplieron en la Roma de Teodosio que en los Concilios Toledanos, en Granada como en Mülhberg o en las ignotas regiones del continente americano, en donde los misioneros y conquistadores españoles ganaron para Dios y para la Iglesia Católica más almas que nación alguna pueda ganar jamás en el mundo. Nuestro destino no estará totalmente cumplido mientras exista un pueblo, una nación o un hombre que necesite de nuestra influencia para conseguir el fin eterno que Dios le ha señalado.
- En el orden sobrenatural, el destino español se caracteriza por la defensa y propagación de los valores espirituales de la religión católica.
- En la psicología del pueblo español, la fe religiosa, cristiana, católica, está tan indisolublemente unida y fundida con el sentimiento nacional, que no le es nada fácil al español ser español y no ser cristiano (Garcia Morente en “Idea de Hispanidad”).
- La religiosidad es un sentimiento innato en los españoles que se manifiesta desde los primeros tiempos de nuestra Historia con la adoración que prestaban los antiguos iberos a las fuerzas naturales: el Sol, la Luna, etc. Este sentimiento constituye la esencia de los españoles, que siempre intuyó un poder superior, hasta el punto de que Séneca, el más fiel intérprete del sentir español anterior al Cristianismo, podría tomarse como un apóstol más si tuviera el misticismo de nuestra religión.
- Nuestro catolicismo es algo más que una visión ecuménica, universalista, humana. Es la proclamación de una jerarquía de valores que antepone el orden espiritual a cualquier otra instancia y que da a la vida humana un sentido trascendente, inspirado en las más puras normas evangélicas de respeto a la dignidad el hombre.
Algunas de las personas responsables de estado policial-católico siguen entre nosotros, y otros más jóvenes se han apuntado a él. Ante las críticas hacia esta mentalidad se pide respeto, y no hacerlo les parece un acto de intolerancia. Un poquito de memoria por favor.
Referencia: Aurelio Rodrigo Sospedra. Formación del Espíritu Nacional (1956) Delegación Nacional del Frente de Juventudes. Con aprobación de Ramiro López Gallego (censor) y José María –no da apellido- (Obispo Auxiliar, Vicario General). Ed. Gior.

Juan Pablo II: las virtudes del beato (A231)

Juan Pablo II: las virtudes del beato (A231):
Juan Pablo II junto a un político católico chileno
Karol Józef Wojtyła, conocido mundialmente como Juan Pablo II, va a ser beatificado por la Iglesia Católica este domingo 1º de mayo. Este reconocimiento significa que Wojtyła será a partir de entonces “beato”, bendito especialmente por Dios.


Poco habría que agregar a esto si se tratase de una ceremonia interna a la Iglesia. Pero como Juan Pablo II fue popular (y también, especialmente, popularizado) como defensor de grandes causas y valores que exceden el catolicismo, es quizá ilustrativo para nosotros, los no creyentes, pararnos a ver qué tanto revuelo causó esta persona excepcional. Que lo fue, sin duda: un actor en su juventud, atleta hasta su madurez, admirable políglota, alto dignatario de la monarquía más antigua del planeta, viajero incansable y carismático propalador de doctrina.


Los católicos de derecha le celebran haber sido fundamental en la caída del comunismo ateo en su Polonia natal y en Europa del Este en general, mérito sin duda exagerado, y la reafirmación de la doctrina dura sobre el lugar de la familia cristiana como procreadora incansable y sin recurso a la anticoncepción. Los de izquierda, o al menos, los de esa mescolanza ideológica y teológica que se llama a sí mismo catolicismo progresista o de izquierda, le reconocen su ecumenismo y su apertura a la diversidad religiosa del mundo. Cada campo odia y olvida (en ese orden) lo que le agrada al otro.


Juan Pablo II con Marcial Maciel
La derecha tiene menos trabajo, hay que decirlo, ya que por mucho ecumenismo que mostrara Juan Pablo II, fue él quien suscribió la declaración Dominus Iesus, de la pluma de su teólogo favorito, Joseph Ratzinger, reafirmando la doctrina de que sólo la pertenencia a la Iglesia Católica y la sumisión a su jerarquía garantiza la salvación (Dios hará excepciones, si quiere, pero nada lo asegura). El creyente conservador occidental también debe perdonarle su rechazo a la pena de muerte y a la invasión de Iraq, cosa que no es demasiado difícil dado que dicho rechazo no fue acompañado de directivas doctrinales, por lo que ningún católico de los muchos que participaron en la matanza de iraquíes se dio por aludido. Los demás deben olvidar su apoyo al siniestro Opus Dei y la canonización de su fundador, su inacción ante los casos de pederastia y abuso infantil en el clero (incluyendo la protección de su amigo el abusador serial, extorsionador y plagiario Marcial Maciel), y por supuesto toda su trayectoria en contra de los derechos sexuales y reproductivos, desde la prohibición absoluta del uso de preservativos (causa de incontables infecciones por HIV) hasta la reafirmación de la doctrina absoluta contra el aborto, junto con su apoyo a los gobiernos conservadores que implementaban esas políticas (como el del presidente argentino Carlos Menem, impulsor del Día del Niño por Nacer y condecorado por el Vaticano mientras el país, bajo un gobierno ultracorrupto, se sumía en una pobreza inenerrable).


De todas formas, parece ser que nada de esto cuenta para la beatificación de Juan Pablo II. Siguiendo su larga tradición de valorar los rasgos que alientan la fe y la devoción en lo sobrenatural más que las meras acciones reales en el mundo físico, la Iglesia no cuenta con los méritos de Juan Pablo II sino que requiere, para empezar, que haya hecho milagros: al menos uno para ser beatificado, al menos dos para ser canonizado como santo. Dado que los milagros son fáciles de encontrar cuando uno los busca y desea hallarlos, a los dos meses de la muerte del papa polaco una monja francesa que le había rezado se curó, según los médicos católicos, del mal de Parkinson que supuestamente padecía hasta entonces. Podemos estar seguros, mis queridos lectores, de que Juan Pablo II es un santo y de que el segundo milagro necesario para certificarlo será descubierto pronto. Aunque no demasiado pronto: el millón de personas que van a ir a gastar su dinero a Roma este fin de semana necesitarán tiempo para recuperarse y juntar más dinero.


Tengo pensado escribir alguna cosita más sobre el futuro beato. Entretanto, más para leer: